Tengo entendido que su origen está en la postguerra, cuando no había más que harina, agua, azúcar, pan y aceite. La matalauva estaba al alcance de cualquiera así que las madres o abuelas preparaban este postre como plato único diario y así sobrellevar los tiempos del hambre.
Aunque hoy en día se preparan para afrontar el frío invierno es en navidad cuando se suelen preparar las poleás. Dependiendo de la zona también se llaman espoleás o gachas.
Espero que las disfrutéis tanto como yo lo hice de pequeño… ¡y ahora! 😀

Nº comensales: 4
Tiempo de preparación: 30 minutos
Dificultad: Baja

Ingredientes:

1/3 vaso de aceite de oliva suave
150gr harina de repostería
1 litro de leche
80gr de azúcar
1 rama de canela
Corteza de un limón
1 cucharadita de matalauva (matalahuga, anís en grano)
Canela molida
2 rebanadas de pan rústico

Elaboración:

Cortamos el pan en daditos de aproximadamente un centímetro y medio y lo freímos. Reservamos en papel secante.
Ponemos el aceite en un cazo y añadimos la corteza del limón, la rama de canela y la matalauva (podemos reservar algo de matalauva para añadir al final a la crema). Calentamos hasta que infusione y colamos.

En el mismo aceite añadimos la harina y removemos. Agregamos la leche y mezclamos hasta conseguir una bechamel ligera. Añadimos el azúcar (aquí es donde podemos añadir la matalauva que reservamos en el paso anterior) y cocemos, removiendo para evitar que se hagan grumos.
Ponemos el pan frito repartido en cuatro platos o boles, según hayamos escogido, y vertemos la crema resultante. Decoramos con dos o tres trozos de pan frito y espolvoreamos con canela molida. Reservar en frío.

Sugerencias: Sacar media hora antes del frigorífico para que se atempere. Es más agradable de comer a temperatura ambiente.
Se puede poner un poco de miel de flores o “miel de caña” en el fondo del plato o bol.